Sombreros por doquier

Por Enrique Mathieu
-Disculpe señor – ¿A cómo tiene este sombrero?
-¿Éste?, – Vale 70.000
-¿Nada menos?
-Es lo que vale chinito, está barato, – Pruébeselo y verá como le luce.
-Sí, me queda perfecto, pero se me sale del presupuesto.
-¿Cuanto tenía pensado?
-50 y me quedo con lo del Transmilenio.
-Hágale, lléveselo.
Resulta paradójico escuchar este tipo de conversaciones en la calle de las sombrererías como popularmente se le conoce a ese sector de la calle 11 en el centro de la ciudad. Y no deja de ser curioso, no porque no sea un lugar donde las ventas sean escasas, sino porque es cada vez mayor el número de personas jóvenes que adquieren sombreros en una calle que es tan tradicional como el accesorio mismo.
Y es que el negocio de los sombreros data del año 1900 aproximadamente, periodo desde el cual existe la primera de las sombrererías en la ciudad siguiendo otra directriz histórica que fue la de establecer negocios conjuntos y calles que los representaran y los encerraran en ellas. Es el caso de la calle 11 donde se encuentran la mayoría de estos locales, todos juntos a lado y lado de la calle.
Estos sitios en su mayoría tienen ventanales grandes donde exhiben orgullosamente los diferentes modelos de sombreros que tienen a disposición; de igual forma lucen avisos con tipografía antigua, fiel reflejo de la tradición que acompaña esta industria. En el interior los locales son sobrios y tranquilos, llenos de sombreros a todos lados que incluso llegan a opacar los letreros de los precios hechos en cartulina de colores.
Por lo general, quienes atienden los sitios son señores de edad avanzada, bastante atentos y conocedores del tema, así que la charla se puede extender más allá de la simple venta e incluso son bastante enfáticos en los cuidados que se debe tener para mantener un sombrero en buen estado.
En un momento de la tarde, el flujo de personas en la calle y dentro de los negocios aumenta, el ¿cuánto cuesta?, y el ¿nada menos? se hace recurrente. Sin embargo, la amabilidad no desaparece y como quien hace un recorrido guiado por la historia, el vendedor le resume a los clientes los materiales, los beneficios, el mantenimiento y el costo del sombrero que se quieren llevar.
Esa tarde, la clientela que frecuentó la famosa calle 11, la de los sombreros, eran en su mayoría hombres, algunos acompañados por sus esposas (o eso parecían) siempre dispuestas a dar el visto bueno sobre la adquisición. Aunque las sombrererías tienen un público objetivo y que es el bastión de este negocio, en el último par de años muchos jóvenes han admitido al sombrero como una prenda dentro de su armario gracias al regreso de los estilos retro y vintage.
Resultó anecdótico que en un mismo sitio se encontrarán personas de edades tan distantes todos buscando satisfacer un mismo deseo, tener un sombrero nuevo. Un señor de aproximadamente 60 años de edad, gordo y de unos 1.70 de estatura compró una boina café, otro de aspecto más joven, alto y robusto adquirió un sombrero blanco con una cinta negra alrededor, al mejor estilo del que usa el presidente Uribe durante sus cabalgatas, y yo que fui a hacer una crónica, aproveché para comprarme uno negro, para lucir en alguna foto como uno de los hermanos Caradura y espero que me dure hasta el próximo Halloween.